La salida de la adolescencia y el comienzo de la juventud, representa para un considerable porcentaje de jóvenes un choque psicológico fuerte. Muchos no tienen claro por dónde orientar sus vidas, cuáles son sus metas, qué quieren y necesitan realmente.

Por otra parte, las exigencias del entorno son cada vez mayores, pero su tolerancia a la frustración es cada día menor. Abundan las ideas y fantasías ligadas a que todo puede hacerse y resolverse de manera fácil y rápida, lo que se desvanece rápidamente, cuando los jóvenes salen del colegio.

Ante esta situación algunos jóvenes desarrollan fuertes tendencias a la agresividad, que culmina en actos rebeldes, conductas autodestructivos tales como no estudiar, beber, drogarse, desarrollo de promiscuidad sexual, etc. Muchos se dedican al carrete, para no pensar. Vivir emociones fuertes sirve para evitar el vacío y la angustia, que sienten cuando se dan cuenta que no están pudiendo con las nuevas exigencias.

Un paciente a quien llamaré Andrés, que fue un excelente alumno durante la etapa escolar; solicitó ayuda porque estaba cursando un ramo importante de su carrera por tercera vez. Cuando recién llegó me dijo: “No me está yendo bien porque los profesores son mediocres, no saben explicar, el sistema es malo, eso no debería ser así”.

Vimos que cuando las situaciones se tornaban complejas, Andrés, se ponía muy descalificador con los profesores y el sistema educacional, daba excelentes argumentos y discutía con gran energía con los educadores, dándoles cátedra sobre los procesos de aprendizaje. Esto constituía una excelente defensa para no hacerse cargo del dolor y la rabia, que le provocaba, que los estudios le costaran. Se sentía frágil y necesitado, vivía con mucha humillación tener que hacer esfuerzo, porque pensaba que eso significaba, que no era tan inteligente como había creído.

Existía en él, como en muchos jóvenes y adultos de hoy, una extrema descalificación a la travesía, a las piedras en el río, a subir todos los peldaños para llegar arriba.

Efectivamente, Andrés, tenía muchos recursos cognitivos, pero eran sus emociones y sus características de personalidad, las que interferían su aprendizaje. “Ser como del montón, tener que estudiar paso a paso, incluso tener que pedir ayuda a otros compañeros, eso es demasiado”, me decía.

Andrés fue comprendiendo poco a poco que el proceso de aprendizaje requiere humildad, que no era algo tan grave necesitar a otros y que a lo mejor no era tan, tan, inteligente como él pensaba y que eso tampoco era tan espantoso, aunque le dolía, porque su identidad estaba apuntalada desde esa característica: “Ser el mejor del curso y el más inteligente”.