Premiaciones de fin de año

Premiaciones de fin de año

Publicado en El Mercurio.

Niños con crisis de llanto porque se quedaron con las manos vacías y desazón en los padres pueden ser la parte difícil del cierre de la temporada escolar.Tres terapeutas dan algunas pautas y reflexionan sobre el rol de la familia para que los premios no sean un problema.

G. B. «Confieso que me gustaría que mis hijos recibieran un reconocimiento. Cuando veo en Facebook a las mamás que ponen los premios de sus hijos, me da lata, pero luego me siento feliz, porque los míos lo pasan súper bien», dice Lorena Medina, mamá de tres hijos en edad escolar. Ninguno de ellos ha recibido nunca un premio.

«Nada les puede importar menos. Son lo menos competitivos que hay. Pero a mí sí me importa. Yo sufro, porque pienso en que quiero que salgan adelante. Me da un poco de miedo que no avancen».La situación de Lorena probablemente no es única. La psicoanalista y magíster en clínica psicoanalítica con niños y jóvenes, Gisela Forer, plantea que es necesario que padres y madres reconozcan sus expectativas.

«Hay niños que lo viven mejor o peor. Como papá, la primera pega es la de aceptación del hijo, y eso no es resignación, sino más bien es conocerlo y encantarse con lo que es. Pero vamos a ver quién es este niño en función de lo que es y no de lo que a ti te gustaría que fuera». Matías Marchant, psicoanalista de la Corporación Casa del Cerro, está de acuerdo. Y trae al presente una idea de Freud: los hijos pasan a ser los representantes del amor propio. «Ahí los adultos tienen que hacer un trabajo. La invitación a los padres es a conocer a sus hijos. A saber lo que a ellos les apasiona y les gusta. Y brindarles la mayor cantidad de experiencias para que descubran qué quieren hacer. La idea de los premios sería que reconocieran por hacer lo que a uno le gusta y hace con pasión y no por lo que la autoridad quiere».

«Para los niños lo peor es ver la frustración en los ojos de los padres. Cuando el niño es aceptado y querido, un premio más o menos es insignificante. Si no se ganó el premio en el colegio, en la casa podemos generar nuestros propios incentivos y premiar con el reconocimiento y el orgullo», agrega Gisela Forer.

Aprender a competir Otra forma de enfrentar la hora de las premiaciones es aprovecharla como una oportunidad para abrir un diálogo respecto de cómo fue el año y también para aprender a competir. «La competencia está muy mal vista, pero también es un estímulo para mejorar. Es válida. Y vivimos en una sociedad muy competitiva, por lo tanto, lo mejor es aprender», propone la psicóloga clínica experta en adolescentes y adultos, Viviana Sosman. «Uno tiene que entender que hay gente con más capacidades que uno. Imagínate si todos los psicólogos aspiráramos a ser Freud. Por eso los padres deben moderar sus expectativas respecto a los recursos de sus hijos y de acuerdo también a su rendimiento en el año y su esfuerzo», sigue la psicóloga.

Algunas quejas en esta época del año son por el largo de las premiaciones: son eternas y se incluyen tantas categorías, que finalmente el reconocimiento pierde parte de su valor. Es claro que eso depende del colegio elegido. Y aquí los padres también son llamados a hacer un acto de honestidad. «La elección del colegio no es una decisión ingenua», dice Forer.»Si elijo uno donde la PSU es súper buena, eso atraviesa los valores familiares, pero eso no se juzga. Si eliges un colegio competitivo, tienes que hacerte cargo de lo que eso implica».

¿Son necesarios los premios? Hay respuestas para todos los gustos. Lo real es que en la educación chilena lo generalizado es premiar. Hay modelos educativos en donde se reconocen las habilidades particulares de cada niño y todos llevan su diploma. Pero los más, prefieren destacar a los mejores en distintos ámbitos. Y lo que se ha vuelto más preciado es el premio al alumno más integral o al que encarna mejor todos los valores del colegio. Los terapeutas coinciden en que los reconocimientos generan satisfacción y son un estímulo, pero hay que tomárselos también con humildad. «Uno hace una pega y el reconocimiento es un momento de alegría. Creo que uno tiene que celebrar, agradecer y, luego, olvidar», dice Forer.

Marchant ofrece un punto interesante. «A los 6 o 7 años es una época en que se ponen en juego los lazos de cooperación y competitividad. He pensado que si uno no quiere hacer una sociedad tan competitiva desde tan temprana edad, los premios podrían tener que ver con trabajos colectivos, con logros comunes.

Pero nuestro modelo de sociedad tiende a valorar los logros individuales y esos ocurren a veces tras pasar sobre otro chico. Eso no es tan bueno». Un día inolvidableHasta este jueves en la mañana, las premiaciones de fin de año no eran tema para Marina Tannenbaum. «Pero, por un error, a mi hija no le llegó su diploma, y la situación para ella fue tremenda».Era la ceremonia de cuarto básico del colegio Saint George. Primero entregaron los diplomas por excelencia académica. Luego, a cada uno le dieron uno por sus habilidades personales. «Podías ver en las caras de los niños que estaban súper expectantes. Y cuando se acabaron los diplomas y el suyo no estaba, fue terrible. Nada la consolaba. Salimos de la sala y ella solo lloraba». Marina cuenta que su hija de 10 años sentía que todo su esfuerzo del año no había servido. «Me decía ‘estudié y me esforcé, hice todo lo correcto y al final todo el curso tenía un diploma menos yo». Al día siguiente, el profesor fue a su casa a entregarle sus diplomas y a explicarle que «había sido un descuido no tener su diploma en ese momento» y que ella tiene talentos, por ejemplo, para escribir.

Un acto de reparación que cambió todo para Isidora. «Ademas de contener a mi hija, me quedo con la reflexión de cuán vulnerables quedan los niños frente al reconocimiento formal, cuán relevantes son estos eventos, más aun cuando se tornan discriminatorios, injustos o descuidados, y cómo un error reparado a tiempo pudo devolver la autoestima y la buena imagen de sí misma a mi hija».



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